
Capítulo 1
La voz del fiscal resonaba firme en la sala, su tono áspero y grave retumbaba en las desnudas paredes creando un efecto envolvente que aumentaba el poder de sus palabras. Su mirada inquisidora se paseaba escudriñando los rostros de las mujeres que permanecían, asustadas, en el banquillo de los acusados. El tórrido calor del mes de agosto que reinaba en la estancia, unido a la inútil potencia del aire condicionado, obligaba a los presentes al uso intensivo de los abanicos.
El público permanecía expectante, algunos se removían en sus asientos buscando aliviar el dolor que les producía las incómodas sillas, otros reflejaban en sus rostros el cansancio sufrido por permanecer tantas horas en la misma posición.
En el fondo de la sala un joven cura permanecía cabizbajo,sosteniendo un rosario de madera tallada entre sus temblorosos dedos. El fiscal caminaba de un lado a otro enfatizando sus frases sin apartar la dura mirada de los miembros del jurado. Buscaba en sus expresiones la confirmación de que la exposición de los hechos era la adecuada, la que los llevaría a la verdad. Mientras movía el nudo de su corbata gris, se daba el tiempo necesario para reiterarse en sus palabras, esperando que estas hicieran mella en el jurado. Tomando aire pronunció la frase final de su alegato.
- Es por todo lo expuesto, que ustedes deberían considerar el veredicto de culpables. Nadie puede escapar impunemente de unos asesinatos tan crueles y maquiavélicos. Confío en que sabrán administrar justicia.
Satisfecho de sus palabras y de la impresión que creía haber causado, se dirigió hacia su asiento con paso sereno, sin risas, relamiéndose en su propio y tosco caminar. Su mirada se entretuvo por unos instantes en las cuatro mujeres que ermanecían sentadas y atentas a sus movimientos. Rosa, Ángela, Paula y Concha ocupaban sus lugares en el banco de madera, no e habían perdido ni el más mínimo detalle de las palabras del fiscal. Las cuatro mujeres, tan diferentes entre sí, unían sus manos y se mordían los labios respirando con dificultad, sólo les quedaba la esperanza de escuchar las palabras del bogado defensor, que en esos momentos se levantaba cansino y sudoroso. Enfundado en un viejo y descolorido traje gris, lentamente y con el dedo índice apoyado en la sien, se dirigió al estrado dispuesto a rebatir los argumentos del fiscal.
Ángela, curiosamente, movía sus dedos enredados en un rosario de madera que su madre le había regalado. A su lado Rosa sostenía entre sus manos fuertemente su bolsa escuchando las palabras del abogado sin atreverse a levantar la mirada, Concha y Paula apretaban sus manos como si necesitaran distenderse de la situación, la peculiar escena no pasaba desapercibida por la belleza y elegancia de Paula que desentonaba con la obesa compañera a su lado, la atractiva mujer de ojos verdes mordía sus carnosos labios nerviosamente.
- Señoras y Señores del jurado, los hechos anteriormente citados por el señor fiscal que instruye el caso, y a la vista de cómo ha sido expuesto, probablemente y muy a mi pesar, yo también coincidiría con ustedes en su veredicto de culpabilidad, quisiera pedirles que escuchen atentamente mis alegatos porque en ellos encontrarán la inocencia de mis representadas.
Tras esta introducción, el letrado comenzó a relatar su particular visión. Paseaba de un lado a otro haciendo las oportunas pausas mientras se dirigía estratégicamente hacia los miembros del jurado, a los que anteriormente había analizado y presuponía que podrían ser más receptivos a sus conclusiones. Mientras hablaba, la mente de Rosa se perdió recordando los instantes anteriores a los que el abogado hacía referencia, sin darse cuenta, las palabras perdieron el sonido, rememorando el pasado, justo en el día en que todo cambió.
Rosa salía del sucio retrete con la bata aún arremangada y el elástico de sus bragas blancas entre sus dedos, tiraba de él para acomodarlo en la parte superior de sus abultadas caderas. “Estos riñones me matarán un día”, pensaba mientras se acercaba a la pica de cerámica que antaño fue blanca. Con una mano abrió el grifo dejando correr el agua con la esperanza de que saliera más fresca, después se humedeció las manos para mojarse la nuca en busca de alivio bajo los castaños cabellos de un mal recogido moño. Disfrutaba de la sensación de frescor en su piel alargándola hacia sus hombros intentando mitigar el sofocante calor del mes de Agosto.
Concha estaba a su lado frente al espejo, tenía un duro trabajo en disimular su orondo cuerpo lleno de curvas, demasiadas lorzas, demasiados dulces, demasiados niños. Su paladar le devolvía el sabor al potito de pollo y verduras que minutos antes había tomado su hijo pequeño. La dichosa cremallera de la falda negra no subía ni aún dejándose las uñas en ello, hacía mucho tiempo que eran redondas y cortas como las de un hombre. A veces, cuando miraba sus dedos, recordaba en ellos aquellas largas uñas pintadas de rojo pasión con las que arañaba la espalda de sus amantes, inmersa en la lujuria del juego amoroso que hoy relucía por su ausencia. Los mismos dedos que ahora cocinaban, lavaban, limpiaban y secaban de su vagina los rastros de semen de su marido. Algunas noches era despertada como pozo de vacío, penetrada, apenas embestida y rellenada.
Clavaba sus castaños ojos en el espejo buscando a la mujer que algún día fue, encontrando solamente a un ama de casa rota, sin ilusiones, sin vida y con un vacío que no sabía cómo rellenar. Chascó la lengua entre sus labios y suspiró encontrándose con la mirada de Rosa, le dio la impresión de que compartía sus pensamientos por la sonrisa benévola que recibió de ella. Rosa y Concha después de arreglarse, coincidieron también en la salida del baño público. Las dos mujeres se miraron con complacencia, sus ojos carecían de chispa y esta misma ausencia las hizo cómplices. Tan distintas y tan iguales. Rosa tenía un puesto de carne en el Mercado Municipal en el que se encontraban cada sábado sin reconocerse siquiera, cruzando sus insulsas vidas. Con amabilidad, se aproximaron hacia la salida y con gesto de anfitriona Rosa giró el pomo de la puerta de los servicios, cediendo el paso a Concha, antiguamente esa puerta daba a un sucio y abandonado pasillo, donde sentada en una vieja silla, la señora María, recogía las propinas por surtir de papel y limpieza a las clientas. “Gracias” fue la única palabra que salió de la boca de Concha al tiempo que cruzaba el umbral.
Paula se dirigía al servicio atareada en la búsqueda de un maquillaje facial. Su cuidada uña había hecho estragos en su mejilla derecha cuando al rascarse súbitamente por el picor sospechoso de algún insecto había desconchado la capa de maquillaje que impregnaba su rostro. ¡Qué mal se pueden llevar algunos números! Toda su vida adorando el 3, en los bingos, casinos y apuestas y a partir de los 28 ese número era una maldición que llegaba inexorablemente acompañado de las primeras arrugas y patas de gallo. Una semana le costó salir de su casa ante el descubrimiento de tales grietas en su cuidado cutis, el terror de imaginar que su perfección pudiese abandonarla no hacía más que acrecentar sus visitas al gimnasio y al salón de belleza. Seguía avanzando hacia el servicio maldiciendo para sus adentros que las milagrosas hierbas que le habían recomendado solo se vendieran en ese nauseabundo lugar. Revolvía su bolso con el estilizado frasco de colonia en una de sus manos, mientras con la otra buscaba con desesperación su ansiado maquillaje. Andaba en plena batalla histérica por no caer de sus altos tacones rojos, en ese suelo resbaladizo, a la vez que revolvía nerviosa el increíble saco de cosméticos en que había convertido su bolso. Mantenía su cabeza gacha, abochornada por su desfloración facial, fue por ello que no pudo ver a la mujer con la que tropezó instantes antes de llegar a los servicios.
La mujer que se le vino encima, no era tan mujer, solo una joven luchando por su propia existencia. Se llamaba Ángela y a pesar de mirar a todos lados, perseguida por las sombras de un pasado demasiado reciente, tropezó con Paula al girar la esquina que conducía a los lavabos. Cruzaron la puerta abatible que daba al vestíbulo donde se encontraban los servicios y entre esa puerta y la del almacén, que servía para guardar los utensilios de limpieza y mantenimiento del mercado, se encontraba un joven tranquilamente apoyado en la pared. Ángela hacía solo una semana que salía de su casa sola, atrás quedaban los paseos acompañados de su hermana o de su madre. La violación a la que fue sometida recientemente le había dejado graves secuelas psicológicas en su ya, de por sí, frágil e insegura mente.
El muchacho que estaba tranquilamente recostado en la pared del vestíbulo junto a la puerta, parecía alejado de ese mundo que lo embebía. Observó divertido la colisión entre las cuatro mujeres, ese baile bochornoso que realizaron las dos jóvenes en pareja con las dos mujeres que salían del baño, unas por entrar, otras por salir. Sonrió ante lo ridículo de la escena. Cuando ya había dado por terminado el baile, las dos señoras dieron un paso hacia atrás situándose a su lado derecho, en el izquierdo se colocaron las dos jóvenes a las que les ofrecieron pasar. Juanjo, que así se llamaba el chico, se disponía a encender un cigarrillo cuando de repente se sintió rodeado por cuatro mujeres que lo atrapaban entre ellas. Se sintió como si fuera una loncha de embutido en un sándwich, incluso le dio la impresión de poner cara de mortadela. La repentina aparición del cuarteto de hembras, tropezando entre ellas, lo dejó acorralado. Levantó las manos y con una sincera y agradable sonrisa pretendió disculparse, aún a pesar de ello siguió aprisionado ¿”Joder con las tías estas, pero qué coño quieren”? – pensó el joven. Estaba literalmente atropellado por ellas, aplastado contra la pared, intentando mantener el equilibrio con una sola pierna pues la otra la tenía apoyada en el panel.
Las enormes tetas y vientre de Concha lo mantenían inmóvil, esperó las disculpas de la mujer en correspondencia a su afable sonrisa, disculpas que nunca llegaron. Miraba incrédulo a las mujeres, y estas a él. Sus ojos eran impenetrables, fríos y sin muestras de preocupación, las cuatro mujeres simplemente lo miraban. Una terrible sensación de que las emociones habían desaparecido de la faz de la tierra lo invadió, la escena se le antojaba surrealista, tanto que casi la observaba en cámara lenta. Esos ojos, esas mujeres eran demasiado automatizadas, el presentimiento de que algo no andaba bien con ellas lo invadió. Un escalofrío incomprensible recorrió su espalda, sólo un ligero brillo en sus pupilas le alertó de una misteriosa conspiración. Las cuatro se habían abalanzado sobre él a la vez. Una furtiva mirada de Ángela dio, misteriosamente, la orden a sus cerebros, lo tenían acorralado contra la pared. Solamente ellas podían decidir separarse, disculparse y sonreír como habrían hecho toda su vida. Una vida sometida a la rutina, a las sonrisas forzadas, a estar donde no deseaban, a hacer lo que más odiaban, a seguir viviendo para los demás. Y ese muchacho estaba ahí, en ese preciso momento, indefenso ante ellas, libre de culpa e ignorante de sus pensamientos.
Ángela no lo dudó ni un instante, clavó su mirada, una a una, a las demás, como implorando la gracia de venganza. Los dolores que sintió siendo penetrada por los penes de sus agresores volvieron agolpados en su mente. La pasividad de ellas y la rapidez con que actuó cambiaron el destino de sus vidas. Sacó de su bolsillo la navaja automática que llevaba desde que la violaron, regalo de su hermano mayor. La clavó nerviosamente en el estómago del muchacho, sintió como la navaja se hundía en la carne casi sin ofrecer resistencia. No sabía cómo su mano estaba actuando tan deprisa, hincando una y otra vez la hoja en la carne. En su mente sólo veía los rostros de quienes la violaron durante una larga noche. Volvió el asqueroso sabor de semen a sus labios. Mientras, clavaba más y más rápidamente la afilada hoja presa de un tic histérico que solo hacia mella en su brazo, hundió la navaja una y otra vez sin piedad, sin pensar, sin poder detenerse, embriagada por una fuerte sensación de poder y el dulce sabor de venganza.
Además del peso de Concha el joven sintió una punzada en su vientre, algo frío que lo penetraba. “Joder me está clavando el puto cinturón la gorda esta” pensaba al mismo tiempo que la punzada se repetía dos, tres, cuatro veces sin parar. La sensación de que su vientre era perforado era cada vez mayor, a cada instante era más doloroso y más real. No entendía la situación, las miraba una y otra vez, buscando comprender. El diálogo de la vista fue fulminante y maquiavélico para él. Ni siquiera asintieron, solo ejecutaron. Actuaron inmersas en un estado de eléctrica decisión. Sus manos buscaron rápidamente el arma que usarían. Solo sabían que tendría que ser rápido y punzante.
Mientras eso sucedía las miradas de ellas se buscaron una a una sin saber como actuar. Una comunión con la mente de Ángela las indujo a ayudarla. Una fuerte sensación invadió sus mentes. El rostro de Ángela dolorido, resentido y desencajado les hizo hacerle costado en una inverosímil acción sangrienta. Estrecharon el cerco en que estaba atrapado el muchacho, tapándolo con sus cuerpos, aprisionándolo, resguardadas por la soledad del pasillo y la complicidad de la máquina expendedora de tabaco que limitaba la visión de ellas asesinando a un joven indefenso. Ninguna se atrevió a taparle la boca. Ninguna quería perderse la visión de la cara de él aceptando su destino. Necesitaban ese perdón. Leerlo en sus ojos. Dejando que se quejase si así lo deseaba. Gritando auxilio si quería acusarlas. No lo tenían preparado. Sucedió así. Las cuatro miraban el rostro de él, observaban como agonizaba, extasiadas deleitándose en su dolor.
Las hediondas paredes de azulejos adornados con flores ya ennegrecidas por el tiempo y el uso, recibían los golpes de la espalda de Juanjo a cada puñalada. Este sólo tenía ojos de incredulidad ante lo que le estaba sucediendo. Las miradas que pudo almacenar en su cerebro fueron el recorrido que hizo de un impertérrito rostro a otro. Cuatro caras femeninas que no demostraban odio, ni rencor, ni siquiera lástima sabiendo que él era inocente. “¿Por qué lo apuñalaban esas mujeres que ni siquiera conocía? ¿A cual de ellas había podido hacer daño aún sin querer?” por más que lo pensaba no hallaba respuestas, lo leía en sus ojos, esos ojos que le transmitían la tranquilidad de no tenerla, de que era fortuito, que él solo fue escogido para morir sin saber por qué. Aún embaucado por la sorpresa, no podía creer lo que le estaba sucediendo. “Me cago en la puta que hoy no he fumado ni un puto porro” se descubrió pensando en medio del dolor y la sorpresa “No puede ser que me esté pasando esto en medio del mercado”. “Y las galletas dietéticas con sabor a pomelo que estará esperando mi madre ¿quien se las llevará? ¿Podrá perdonarme que no acuda con ellas?” Sus pensamientos ya no eran concordantes. El recuerdo de las sombras de las manos maternales alzadas y amenazantes lo enmudecían, siempre le ocurría cuando le pegaban. Nunca podía protestar, se quedaba mudo. Solo esperaba el final de la paliza. A lo lejos casi como si de un sueño se tratara se escucharon las campanas de la iglesia, el sonido metálico e irreal llegó a sus oídos invadiéndolo por completo, en medio de su aturdimiento como si de un sueño kafkiano se tratara, se preguntó si eran automáticas o el cura debía acudir a cada cita para tocarlas. Se sintió ridículo y al mismo tiempo patético.
Concha tomó entre sus dedos la aguja de hacer ganchillo que horas antes había usado en el parque, para el suéter de Juanito. La empuñó buscando directamente el costado trasero del muchacho. Apretó y notó como se deslizaba entre las costillas hasta que sus propios dedos hicieron de tope. Sintió como explotaba su vida y se reflejaba en la mueca que este le devolvió ante la punzante entrada. Su mente se vio envuelta en miles de escenas insatisfechas. Vio la odiosa cara de su marido después de depositar el semen en su vientre, la semilla de su cuarto hijo, Juanito. Otra sentencia de nueve meses. La cárcel donde las rejas son cuatro hijos gritando a su alrededor. Más trabajo y más acorralamiento en su vida. No podría salir de allí. No podría ser aquella mujer, aquella bióloga independiente que siempre había deseado, no viajaría, no conocería mundo, ni degustaría nunca más la libertad de su mente. Pasearon todos sus fracasos a un ritmo vertiginoso, frenético, como el movimiento de su mano asesinando a aquel pobre muchacho. A cada negación de sus ilusiones su mano hundía una y otra vez la aguja, arrancando sus frustraciones e inyectándolas en cada penetración. No sabía porque sentía esa sensación de desahogo pero la única verdad era que no podía parar.
Juanjo, que heredó el nombre en honor a su abuelo, recibió la aguja de ganchillo abriéndose paso con firmeza en su costado. Apenas hacía 20 segundos sacaba un cigarro del paquete para encenderlo y ahora un pequeño cuchillo de carnicera rebuscaba en su otro costado. Las heladas sensaciones que revolvían sus entrañas ante la sorpresiva presencia de la muerte lo paralizaron, el dolor agudo que sentía pasó a un segundo plano, notaba su sangre caliente humedecer su ropa y la vida que lentamente se le escapaba surcando las arrugas de su camiseta.