Entrevista en Canal Blau en el Programa Dues hores amb Jacqueline

PROGRAMA CON MUSICA LATINOAMERICANA LOS DIVERDRES 20H00 EUROPA..LOS VIERNES 13H00 AMERICA.POR CANAL BLAU- Al 100.4 de la FM- A internet, www.canalblau.cat- A la TDT, CANAL 30.

Jacqueline Castro Cepeda es una comunicadora social que brinda total apoyo a los artistas del mundo y además es defensora de los derechos de los inmigrantes por lo que tiene gran aceptación entre las agrupaciones sociales que buscan reinvindicaciones de sus compatriotas.
Tuvimos el placer de ser entrevistados por Jacqueline, una persona comprometida con el quehacer cultural y artistico.

Entrevista Radio Canal Blau “Silencios Asesinos” Ramón Robert y Nelly Cuevas por Jacqueline Castro

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Entrevista en Radio Nava FM 108,0 por Sinda Miranda

El Miércoles 5 de Mayo a las 21 horas en Radio Nava FM 108,0 Sinda Miranda nos entrevistó:
“Si yo digo sangre, ella dice muerte. Si yo digo noche, ella dice sombras. Si yo digo cruces, ella dice cripta. Si yo digo silencio, ella dice asesino…” (Nelly Cuevas y Ramón Robert)

Dos poetas de diferentes culturas y edades, que comparten aficiones y un mismo camino; se han unido, para escribir bajo la luna, su primera novela negra.

Ella se llama Nelly Cuevas
……El, Ramón Robert.

Y juntos son… SILENCIOS ASESINOS.

Para sintonizarnos a través de internet, visitá www.mimosparaelalma.org y dale PLAY al reproductor de RADIO NAVA.

En la Comarca de la Sidra (Asturias) buscanos en el 108.0 de tu dial.

¡Te esperamos en las Ondas de Mimos para el Alma!

ESTA EMISIÓN, PODRÁ ESCUCHARSE EN DIFERIDO HACIENDO CLICK A LOS SIGUIENTES ENLACES:

Dale al Play y escucha en directo la entrevista o Ir a descargar

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Día del Libro 23 de Abril Sant Jordi

Gracias a todos por vuestra asistencia, especialmente a esos familiares y amigos que nunca fallan. Ha sido un placer disfrutar de la presentación del libro en un marco tan especial y adecuado como el Día de Sant Jordi, el Día del Libro en Catalunya. Gracias, una vez más por vuestros ánimos y por habernos permitido disfrutar de este día tan importante en nuestras vidas. También quiero agradecer a todas las personas que compraron el libro, confiando el placer de la lectura en nuestro trabajo.

Fotos de Sant Jordi Dia del Libro

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Ganadores del Concurso

Los ganadores del concurso deberán enviar su nombre completo, dirección postal, correo electrónico y tel de contacto a: silenciosasesinos@gmail.com para recibir su ejemplar firmado.

Gracias por participar y FELICIDADES!!!!!!!!

Y recuerda, no guardes silencio….

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Capítulo 1 – Parte 1 de 3.

Capítulo 1

La voz del fiscal resonaba firme en la sala, su tono áspero y grave retumbaba en las desnudas paredes creando un efecto envolvente que aumentaba el poder de sus palabras. Su mirada inquisidora se paseaba escudriñando los rostros de las mujeres que permanecían, asustadas, en el banquillo de los acusados. El tórrido calor del mes de agosto que reinaba en la estancia, unido a la inútil potencia del aire condicionado, obligaba a los presentes al uso intensivo de los abanicos.

El público permanecía expectante, algunos se removían en sus asientos buscando aliviar el dolor que les producía las incómodas sillas, otros reflejaban en sus rostros el cansancio sufrido por permanecer tantas horas en la misma posición.

En el fondo de la sala un joven cura permanecía cabizbajo,sosteniendo un rosario de madera tallada entre sus temblorosos dedos. El fiscal caminaba de un lado a otro enfatizando sus frases sin apartar la dura mirada de los miembros del jurado. Buscaba en sus expresiones la confirmación de que la exposición de los hechos era la adecuada, la que los llevaría a la verdad. Mientras movía el nudo de su corbata gris, se daba el tiempo necesario para reiterarse en sus palabras, esperando que estas hicieran mella en el jurado. Tomando aire pronunció la frase final de su alegato.

- Es por todo lo expuesto, que ustedes deberían considerar el veredicto de culpables. Nadie puede escapar impunemente de unos asesinatos tan crueles y maquiavélicos. Confío en que sabrán administrar justicia.

Satisfecho de sus palabras y de la impresión que creía haber causado, se dirigió hacia su asiento con paso sereno, sin risas, relamiéndose en su propio y tosco caminar. Su mirada se entretuvo por unos instantes en las cuatro mujeres que ermanecían sentadas y atentas a sus movimientos. Rosa, Ángela, Paula y Concha ocupaban sus lugares en el banco de madera, no e habían perdido ni el más mínimo detalle de las palabras del fiscal. Las cuatro mujeres, tan diferentes entre sí, unían sus manos y se mordían los labios respirando con dificultad, sólo les quedaba la esperanza de escuchar las palabras del bogado defensor, que en esos momentos se levantaba cansino y sudoroso. Enfundado en un viejo y descolorido traje gris, lentamente y con el dedo índice apoyado en la sien, se dirigió al estrado dispuesto a rebatir los argumentos del fiscal.

Ángela, curiosamente, movía sus dedos enredados en un rosario de madera que su madre le había regalado. A su lado Rosa sostenía entre sus manos fuertemente su bolsa escuchando las palabras del abogado sin atreverse a levantar la mirada, Concha y Paula apretaban sus manos como si necesitaran distenderse de la situación, la peculiar escena no pasaba desapercibida por la belleza y elegancia de Paula que desentonaba con la obesa compañera a su lado, la atractiva mujer de ojos verdes mordía sus carnosos labios nerviosamente.

- Señoras y Señores del jurado, los hechos anteriormente citados por el señor fiscal que instruye el caso, y a la vista de cómo ha sido expuesto, probablemente y muy a mi pesar, yo también coincidiría con ustedes en su veredicto de culpabilidad, quisiera pedirles que escuchen atentamente mis alegatos porque en ellos encontrarán la inocencia de mis representadas.

Tras esta introducción, el letrado comenzó a relatar su particular visión. Paseaba de un lado a otro haciendo las oportunas pausas mientras se dirigía estratégicamente hacia los miembros del jurado, a los que anteriormente había analizado y presuponía que podrían ser más receptivos a sus conclusiones. Mientras hablaba, la mente de Rosa se perdió recordando los instantes anteriores a los que el abogado hacía referencia, sin darse cuenta, las palabras perdieron el sonido, rememorando el pasado, justo en el día en que todo cambió.

Rosa salía del sucio retrete con la bata aún arremangada y el elástico de sus bragas blancas entre sus dedos, tiraba de él para acomodarlo en la parte superior de sus abultadas caderas. “Estos riñones me matarán un día”, pensaba mientras se acercaba a la pica de cerámica que antaño fue blanca. Con una mano abrió el grifo dejando correr el agua con la esperanza de que saliera más fresca, después se humedeció las manos para mojarse la nuca en busca de alivio bajo los castaños cabellos de un mal recogido moño. Disfrutaba de la sensación de frescor en su piel alargándola hacia sus hombros intentando mitigar el sofocante calor del mes de Agosto.

Concha estaba a su lado frente al espejo, tenía un duro trabajo en disimular su orondo cuerpo lleno de curvas, demasiadas lorzas, demasiados dulces, demasiados niños. Su paladar le devolvía el sabor al potito de pollo y verduras que minutos antes había tomado su hijo pequeño. La dichosa cremallera de la falda negra no subía ni aún dejándose las uñas en ello, hacía mucho tiempo que eran redondas y cortas como las de un hombre. A veces, cuando miraba sus dedos, recordaba en ellos aquellas largas uñas pintadas de rojo pasión con las que arañaba la espalda de sus amantes, inmersa en la lujuria del juego amoroso que hoy relucía por su ausencia. Los mismos dedos que ahora cocinaban, lavaban, limpiaban y secaban de su vagina los rastros de semen de su marido. Algunas noches era despertada como pozo de vacío, penetrada, apenas embestida y rellenada.

Clavaba sus castaños ojos en el espejo buscando a la mujer que algún día fue, encontrando solamente a un ama de casa rota, sin ilusiones, sin vida y con un vacío que no sabía cómo rellenar. Chascó la lengua entre sus labios y suspiró encontrándose con la mirada de Rosa, le dio la impresión de que compartía sus pensamientos por la sonrisa benévola que recibió de ella. Rosa y Concha después de arreglarse, coincidieron también en la salida del baño público. Las dos mujeres se miraron con complacencia, sus ojos carecían de chispa y esta misma ausencia las hizo cómplices. Tan distintas y tan iguales. Rosa tenía un puesto de carne en el Mercado Municipal en el que se encontraban cada sábado sin reconocerse siquiera, cruzando sus insulsas vidas. Con amabilidad, se aproximaron hacia la salida y con gesto de anfitriona Rosa giró el pomo de la puerta de los servicios, cediendo el paso a Concha, antiguamente esa puerta daba a un sucio y abandonado pasillo, donde sentada en una vieja silla, la señora María, recogía las propinas por surtir de papel y limpieza a las clientas. “Gracias” fue la única palabra que salió de la boca de Concha al tiempo que cruzaba el umbral.

Paula se dirigía al servicio atareada en la búsqueda de un maquillaje facial. Su cuidada uña había hecho estragos en su mejilla derecha cuando al rascarse súbitamente por el picor sospechoso de algún insecto había desconchado la capa de maquillaje que impregnaba su rostro. ¡Qué mal se pueden llevar algunos números! Toda su vida adorando el 3, en los bingos, casinos y apuestas y a partir de los 28 ese número era una maldición que llegaba inexorablemente acompañado de las primeras arrugas y patas de gallo. Una semana le costó salir de su casa ante el descubrimiento de tales grietas en su cuidado cutis, el terror de imaginar que su perfección pudiese abandonarla no hacía más que acrecentar sus visitas al gimnasio y al salón de belleza. Seguía avanzando hacia el servicio maldiciendo para sus adentros que las milagrosas hierbas que le habían recomendado solo se vendieran en ese nauseabundo lugar. Revolvía su bolso con el estilizado frasco de colonia en una de sus manos, mientras con la otra buscaba con desesperación su ansiado maquillaje. Andaba en plena batalla histérica por no caer de sus altos tacones rojos, en ese suelo resbaladizo, a la vez que revolvía nerviosa el increíble saco de cosméticos en que había convertido su bolso. Mantenía su cabeza gacha, abochornada por su desfloración facial, fue por ello que no pudo ver a la mujer con la que tropezó instantes antes de llegar a los servicios.

La mujer que se le vino encima, no era tan mujer, solo una joven luchando por su propia existencia. Se llamaba Ángela y a pesar de mirar a todos lados, perseguida por las sombras de un pasado demasiado reciente, tropezó con Paula al girar la esquina que conducía a los lavabos. Cruzaron la puerta abatible que daba al vestíbulo donde se encontraban los servicios y entre esa puerta y la del almacén, que servía para guardar los utensilios de limpieza y mantenimiento del mercado, se encontraba un joven tranquilamente apoyado en la pared. Ángela hacía solo una semana que salía de su casa sola, atrás quedaban los paseos acompañados de su hermana o de su madre. La violación a la que fue sometida recientemente le había dejado graves secuelas psicológicas en su ya, de por sí, frágil e insegura mente.

El muchacho que estaba tranquilamente recostado en la pared del vestíbulo junto a la puerta, parecía alejado de ese mundo que lo embebía. Observó divertido la colisión entre las cuatro mujeres, ese baile bochornoso que realizaron las dos jóvenes en pareja con las dos mujeres que salían del baño, unas por entrar, otras por salir. Sonrió ante lo ridículo de la escena. Cuando ya había dado por terminado el baile, las dos señoras dieron un paso hacia atrás situándose a su lado derecho, en el izquierdo se colocaron las dos jóvenes a las que les ofrecieron pasar. Juanjo, que así se llamaba el chico, se disponía a encender un cigarrillo cuando de repente se sintió rodeado por cuatro mujeres que lo atrapaban entre ellas. Se sintió como si fuera una loncha de embutido en un sándwich, incluso le dio la impresión de poner cara de mortadela. La repentina aparición del cuarteto de hembras, tropezando entre ellas, lo dejó acorralado. Levantó las manos y con una sincera y agradable sonrisa pretendió disculparse, aún a pesar de ello siguió aprisionado ¿”Joder con las tías estas, pero qué coño quieren”? – pensó el joven. Estaba literalmente atropellado por ellas, aplastado contra la pared, intentando mantener el equilibrio con una sola pierna pues la otra la tenía apoyada en el panel.

Las enormes tetas y vientre de Concha lo mantenían inmóvil, esperó las disculpas de la mujer en correspondencia a su afable sonrisa, disculpas que nunca llegaron. Miraba incrédulo a las mujeres, y estas a él. Sus ojos eran impenetrables, fríos y sin muestras de preocupación, las cuatro mujeres simplemente lo miraban. Una terrible sensación de que las emociones habían desaparecido de la faz de la tierra lo invadió, la escena se le antojaba surrealista, tanto que casi la observaba en cámara lenta. Esos ojos, esas mujeres eran demasiado automatizadas, el presentimiento de que algo no andaba bien con ellas lo invadió. Un escalofrío incomprensible recorrió su espalda, sólo un ligero brillo en sus pupilas le alertó de una misteriosa conspiración. Las cuatro se habían abalanzado sobre él a la vez. Una furtiva mirada de Ángela dio, misteriosamente, la orden a sus cerebros, lo tenían acorralado contra la pared. Solamente ellas podían decidir separarse, disculparse y sonreír como habrían hecho toda su vida. Una vida sometida a la rutina, a las sonrisas forzadas, a estar donde no deseaban, a hacer lo que más odiaban, a seguir viviendo para los demás. Y ese muchacho estaba ahí, en ese preciso momento, indefenso ante ellas, libre de culpa e ignorante de sus pensamientos.

Ángela no lo dudó ni un instante, clavó su mirada, una a una, a las demás, como implorando la gracia de venganza. Los dolores que sintió siendo penetrada por los penes de sus agresores volvieron agolpados en su mente. La pasividad de ellas y la rapidez con que actuó cambiaron el destino de sus vidas. Sacó de su bolsillo la navaja automática que llevaba desde que la violaron, regalo de su hermano mayor. La clavó nerviosamente en el estómago del muchacho, sintió como la navaja se hundía en la carne casi sin ofrecer resistencia. No sabía cómo su mano estaba actuando tan deprisa, hincando una y otra vez la hoja en la carne. En su mente sólo veía los rostros de quienes la violaron durante una larga noche. Volvió el asqueroso sabor de semen a sus labios. Mientras, clavaba más y más rápidamente la afilada hoja presa de un tic histérico que solo hacia mella en su brazo, hundió la navaja una y otra vez sin piedad, sin pensar, sin poder detenerse, embriagada por una fuerte sensación de poder y el dulce sabor de venganza.

Además del peso de Concha el joven sintió una punzada en su vientre, algo frío que lo penetraba. “Joder me está clavando el puto cinturón la gorda esta” pensaba al mismo tiempo que la punzada se repetía dos, tres, cuatro veces sin parar. La sensación de que su vientre era perforado era cada vez mayor, a cada instante era más doloroso y más real. No entendía la situación, las miraba una y otra vez, buscando comprender. El diálogo de la vista fue fulminante y maquiavélico para él. Ni siquiera asintieron, solo ejecutaron. Actuaron inmersas en un estado de eléctrica decisión. Sus manos buscaron rápidamente el arma que usarían. Solo sabían que tendría que ser rápido y punzante.

Mientras eso sucedía las miradas de ellas se buscaron una a una sin saber como actuar. Una comunión con la mente de Ángela las indujo a ayudarla. Una fuerte sensación invadió sus mentes. El rostro de Ángela dolorido, resentido y desencajado les hizo hacerle costado en una inverosímil acción sangrienta. Estrecharon el cerco en que estaba atrapado el muchacho, tapándolo con sus cuerpos, aprisionándolo, resguardadas por la soledad del pasillo y la complicidad de la máquina expendedora de tabaco que limitaba la visión de ellas asesinando a un joven indefenso. Ninguna se atrevió a taparle la boca. Ninguna quería perderse la visión de la cara de él aceptando su destino. Necesitaban ese perdón. Leerlo en sus ojos. Dejando que se quejase si así lo deseaba. Gritando auxilio si quería acusarlas. No lo tenían preparado. Sucedió así. Las cuatro miraban el rostro de él, observaban como agonizaba, extasiadas deleitándose en su dolor.

Las hediondas paredes de azulejos adornados con flores ya ennegrecidas por el tiempo y el uso, recibían los golpes de la espalda de Juanjo a cada puñalada. Este sólo tenía ojos de incredulidad ante lo que le estaba sucediendo. Las miradas que pudo almacenar en su cerebro fueron el recorrido que hizo de un impertérrito rostro a otro. Cuatro caras femeninas que no demostraban odio, ni rencor, ni siquiera lástima sabiendo que él era inocente. “¿Por qué lo apuñalaban esas mujeres que ni siquiera conocía? ¿A cual de ellas había podido hacer daño aún sin querer?” por más que lo pensaba no hallaba respuestas, lo leía en sus ojos, esos ojos que le transmitían la tranquilidad de no tenerla, de que era fortuito, que él solo fue escogido para morir sin saber por qué. Aún embaucado por la sorpresa, no podía creer lo que le estaba sucediendo. “Me cago en la puta que hoy no he fumado ni un puto porro” se descubrió pensando en medio del dolor y la sorpresa “No puede ser que me esté pasando esto en medio del mercado”. “Y las galletas dietéticas con sabor a pomelo que estará esperando mi madre ¿quien se las llevará? ¿Podrá perdonarme que no acuda con ellas?” Sus pensamientos ya no eran concordantes. El recuerdo de las sombras de las manos maternales alzadas y amenazantes lo enmudecían, siempre le ocurría cuando le pegaban. Nunca podía protestar, se quedaba mudo. Solo esperaba el final de la paliza. A lo lejos casi como si de un sueño se tratara se escucharon las campanas de la iglesia, el sonido metálico e irreal llegó a sus oídos invadiéndolo por completo, en medio de su aturdimiento como si de un sueño kafkiano se tratara, se preguntó si eran automáticas o el cura debía acudir a cada cita para tocarlas. Se sintió ridículo y al mismo tiempo patético.

Concha tomó entre sus dedos la aguja de hacer ganchillo que horas antes había usado en el parque, para el suéter de Juanito. La empuñó buscando directamente el costado trasero del muchacho. Apretó y notó como se deslizaba entre las costillas hasta que sus propios dedos hicieron de tope. Sintió como explotaba su vida y se reflejaba en la mueca que este le devolvió ante la punzante entrada. Su mente se vio envuelta en miles de escenas insatisfechas. Vio la odiosa cara de su marido después de depositar el semen en su vientre, la semilla de su cuarto hijo, Juanito. Otra sentencia de nueve meses. La cárcel donde las rejas son cuatro hijos gritando a su alrededor. Más trabajo y más acorralamiento en su vida. No podría salir de allí. No podría ser aquella mujer, aquella bióloga independiente que siempre había deseado, no viajaría, no conocería mundo, ni degustaría nunca más la libertad de su mente. Pasearon todos sus fracasos a un ritmo vertiginoso, frenético, como el movimiento de su mano asesinando a aquel pobre muchacho. A cada negación de sus ilusiones su mano hundía una y otra vez la aguja, arrancando sus frustraciones e inyectándolas en cada penetración. No sabía porque sentía esa sensación de desahogo pero la única verdad era que no podía parar.

Juanjo, que heredó el nombre en honor a su abuelo, recibió la aguja de ganchillo abriéndose paso con firmeza en su costado. Apenas hacía 20 segundos sacaba un cigarro del paquete para encenderlo y ahora un pequeño cuchillo de carnicera rebuscaba en su otro costado. Las heladas sensaciones que revolvían sus entrañas ante la sorpresiva presencia de la muerte lo paralizaron, el dolor agudo que sentía pasó a un segundo plano, notaba su sangre caliente humedecer su ropa y la vida que lentamente se le escapaba surcando las arrugas de su camiseta.

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Capítulo 1 – Parte 2 de 3.

Rosa, carnicera de profesión y frustrada por devoción, vivía al servicio de un insulso marido. Navegaba por la vida infeliz e insatisfecha, el sexo ya estaba desterrado, hacía muchos años que su esposo había dejado de satisfacerla para ocuparse solo de él. Su orgasmo más placentero, y el único que podía recordar, lograron en la cámara frigorífica de su carnicería, entre cadáveres de animales llenos de sangre. Eso fue cuando eran jóvenes, de ese momento llegó el nacimiento de su único hijo. Rosa tenía el descaro de las dependientas de mercado, verborrea y poca vergüenza, pero toda esa seguridad desaparecía en cuanto abandonaba el mostrador de la carnicería para convertirse en una mujer sin fuerza y acomodada a la rutinaria vida conyugal. Su marido tampoco era un hombre de carácter, pero ante la debilidad de ella se crecía. Sin saber por qué Rosa recobró la fuerza a través de la impactante mirada de Ángela, esos ojos negros que la perforaban por dentro, la transformaban, sentía como le inculcaba la adrenalina que su cuerpo, hacía tiempo, no fabricaba.

Su mano en el bolsillo apretaba el mango de madera de un fino cuchillo con el que se ayudaba en la carnicería. Lo apresaba con tanta fuerza que le dolían los dedos. Sin esperar más sacó el cuchillo del bolsillo y siguió los movimientos de Ángela, apretó la fina hoja de acero en la carne de Juanjo y la retorció sin miramientos, como cuando despellejaba un animal inerte, pero este animal era humano y estaba vivo. Siguió con sus macabros movimientos mientras notaba una extraña excitación que le dominaba el bajo vientre, inundándolo de abundantes flujos, el recuerdo del orgasmo le hizo mover el cuchillo con pasión y fuerza contenida. Asustada y sorprendida buscaba desesperadamente que la excitación aumentase en cada impulso que daba a la plateada hoja. Ensimismada en sus pensamientos no se dio cuenta que el cuerpo del joven caía de lado separándose de ella, dejándola cortada en su pequeño éxtasis, en esa salvaje fiesta sangrienta e impensablemente lujuriosa.

Entre brumas, Juanjo logró ver unos cuidados dedos de largas uñas sosteniendo el tapón de la misma colonia que su madre usaba, el elegante y estilizado tapón con forma de cuerno de unicornio servía en estos momentos para joderle la vida. Clavándose en pleno pulmón fue la estocada más dolorosa de todas. El cuerno metálico del tapón seccionó su carne entre las costillas sin miramientos, el olor fresco de flores y cítricos del perfume le transportó hacia los brazos de su madre. Se sintió acunado en ellos. La sonrisa maternal acompañaba su desfallecimiento. Ella siempre lo acogía después de pegarle. Lo mimaba y lo llenaba de besos. Su voz no salía, no tenía porque salir, si ni siquiera quería gritar. Se sentía parte de la escena, sí, en realidad estaba representando su propio final. Se sintió integrado entre las miradas de ellas, dándole la sensación que la vida, su vida, desaparecía dentro de los ojos de las cuatro misteriosas mujeres. Surcando el final de su camino, se dispersó en las mentes de sus asesinas.

En sus interiores, entre los cinco habían escenificado la más macabra escena con la tranquilidad y serenidad más pasmosa, en complicidad y total comunión, los cinco actuando cada cual su papel, como si de una obra teatral se tratase, una obra sin telón donde el vulgar escenario de su muerte era un sucio mercado, un asesinato en público, sin guión, sin preparativos, pura improvisación, una muerte sin motivo, una víctima sin rencor, cuatro asesinas inocentes; apenas un par de minutos para su representación, sin aplausos, sin testigos, sin críticos de escena, tan solo él y ellas.

El cuerpo de Juanjo cayó lentamente resbalando por la pared, inclinándose por su propio peso hacia un lado donde se hallaba un pequeño recinto en el que se guardaban las fregonas, cubos y demás utensilios de limpieza. Rosa con su pie abrió rápidamente la puerta, por suerte o porque el destino así lo decidió, cedió sin oponer ni la más mínima resistencia. El cuerpo del joven ensangrentado se coló en el interior de la estancia dando con sus huesos en las frías baldosas. Los puntiagudos zapatos de charol rojo que calzaba Paula golpearon nerviosos una y otra vez el cuerpo de Juanjo buscando introducirlo por completo en la oscura habitación. Terminaron por meterlo dentro del habitáculo y ni se molestaron en cerrar la puerta. Así acabó el macabro capítulo que habían escrito en sus vidas. Apenas un par de minutos duró la acción, la suerte les sonrió. No fueron molestadas ni sorprendidas en sus actos.

Rosa, la carnicera, restregó en su ya manchado delantal el cuchillo enrojecido con la sangre del muchacho. Dos leves golpes de muñeca al derecho y al revés, y la colorida hoja descargó el líquido, que pasó a ser parte de un cuadro pintado por varias especies de sangre. Fue la primera en salir del estado extraño que las llevó a asesinar al muchacho unos segundos atrás. Observó sus manos ensangrentadas y volvió a entrar en el baño, las cuatro lo hicieron en silencio. Ángela notó el contraste que golpeó en su nariz. El perfume caro de Paula y la colonia de oferta de los grandes almacenes de Concha, todo ello aderezado por el marcado olor que ofrecen los mercados a pescado, hortalizas, carne y demás singulares aromas, le produjo desazón, tanto que rechazó incluso el placer de su venganza. “No, no había ocurrido nada. La vida sigue”. Esa era la cantinela que sus oídos habían soportado las últimas semanas. “Pues eso, no pasa nada. ¿No seguía el mundo mientras yo fui violada? Pues que siga ahora también y que me dejen en paz” pensaba mientras frotaba fuertemente la navaja entre sus manos bajo el chorro de agua fría, se observaba en el espejo como si pudiera hablar con ella misma, limpiándola sin ni siquiera mirarla. Con sus manos húmedas, lavó las gotas que tenía en su cazadora negra de piel, entró en el habitáculo del baño para tirar del papel higiénico y arrugándolo se secó los restos de agua y sangre, momento que aprovechó Concha para limpiarse las manos en la pica de agua sonrosada.

El silencio era impactante. Ninguna de ellas pronunciaba una sola palabra. Quien las viese actuar, pensaría que eran unas profesionales frías y meticulosas. Concha sacó un pañuelo de la manga de su brazo y limpió con afán algunas gotas de sangre que manchaban su suéter, no satisfecha con el resultado rebuscó en su bolso y dio con una chaquetilla de punto de color marrón que se puso rápidamente abotonándola para cubrir los rastros de sus fechorías. Se miró en el espejo y sonrió, le gustaba esa chaquetilla y además tenía que aceptarlo, tantos meses trabajando en ella habían valido la pena, la dichosa prenda le quedaba muy bien. La chaqueta tapaba el suéter burdo, era voluminosa, de grandes pechos, enormes, tan inmensos que se acomodaban en su tripa. Cerca de cien kilos de carne que solo eran recompensados por esa dulce cara que no había sido abrazada por la obesidad. Sus hijos apenas le dejaban un minuto para pensar, tenía que hacerlo encerrada en su lavabo, donde conseguía esa tranquilidad que tanto necesitaba. Aprovechaba cuando estaba sentada, mientras orinaba con sus piernas abiertas, sus muslos grandiosos al juntarse separaban sus rodillas irremediablemente, esos eran los únicos momentos en que podía pensar. Ella que vio un día la incipiente piel de naranja en sus nalgas, hoy sacos enteros adornaban su contorno. Fantaseaba con sus años mozos donde podía saltar y bailar ligera como una pluma en los brazos de un galán de cine, su cabello sedoso al viento siempre arreglado y coqueto. Cada cierto tiempo el sueño cambiaba de personaje dependiendo de la moda del momento. Despertaba cuando tiraba de la cadena después de pasear un trozo de papel higiénico por su oculta vagina destinada solo al uso que acababa de terminar. Matar fue un sueño nada más, nadie se estaba quejando, era como cuando salía del baño después de besarse y fornicar con el galán de turno; su marido no la acusaba de adultera, ni tenía celos. ¿Entonces por qué alguien tenía que lamentar lo que había sucedido unos minutos antes? La proximidad de sus desconocidas cómplices le daba tal fuerza que los sacos de naranjas parecían un ramo de flores embelleciéndola, se sentía segura y valiente, joven y audaz, era como una de las protagonistas de las telenovelas que veía por las tardes mientras las quemaduras de la plancha la despertaban de sus sueños.

Paula era quien más sangre tenía en sus manos y sus zapatos, pero esperó su turno con paciencia retocándose frente al espejo con la punta de la uña el desconchamiento de su maquillaje con tal destreza que ni una sola gota de sangre apareció en su cutis. Sorpresivamente Ángela limpiaba los zapatos a Paula con los restos del papel que ella misma había usado, ante la impasividad de la atractiva morena, que se ocupaba en revisar su rostro en el espejo. El grifo abierto del lavabo no dejaba que los rastros de sangre se acumularan en la blanca cerámica. Paula entornaba los ojos, sus aleteos de pestañas ejercitados en la soledad de su habitación, eran solo una minúscula parte de sus dotes femeninas, dotes trabajadas con muchas horas de entreno, como si de una deportista se tratara, seguía su rutinaria exposición de muecas y gestos frente a un espejo para ser usados en cada ocasión. El simple hecho de levantar levemente su mano adornada por la correa de su bolso de piel, era un gesto que le costó más de una semana de ejercitación para que no se desplazase por su casi inexistente muñeca. Si eso no ocurría como ella tenía estudiado, el golpe del bolso en su pectoral no era nada bello de ser observado y denotaba falta de control y clase a sus atormentados ojos. Consciente de su belleza se pasaba la mayor parte del tiempo frente a un espejo, disponía de las veinticuatro horas del día para hacerlo, sólo las rutinas cotidianas la apartaban de su adorado cristal. Incluso cuando Pedro, su marido, la poseía ella siempre buscaba verse reflejada. Observaba la colocación de sus piernas, manos, brazos o cabeza para obtener la imagen más fotogénica y erótica posible, era tal su fijación en esos detalles que cuando menos se lo esperaba se encontraba en pleno orgasmo, en esos momentos procuraba amoldarlo con gemidos y movimientos adecuados para no perder el glamour sexual tan necesario para ella. Paula hacía años que no tenía un orgasmo libre, era prisionera de su espejo, todo lo que hacía tenía que ser reflejo de belleza en su ejecución, por encima de sus propias necesidades, sus conversaciones secretas con ella misma salieron al descubierto en ese instante. Su rostro reflejado en los azulejos de la pared la golpeaba con crueldad, no se reconoció en esas facciones pues no pudo ver ni una indicación de miedo, alegría, temor, satisfacción o repulsión ante lo que estaba haciendo. Por primera vez vio su cara desnuda de muecas o gestos estudiados. Una cara de mujer perdida en la búsqueda insatisfecha de la vida. La cara del muchacho ni la recordaba, su memoria solo retenía los rostros si eran relacionados con nombres de cierto poder adquisitivo y porque no decirlo, de algunas mujeres que también pudiesen ser interesantes para sus fines, por primera vez se percató de lo vacía que era su vida, de lo equivocada que estaba al no escucharse a sí misma. A Paula ni un asesinato le hacía perder el glamour, colocó su perfecta manicura bajo el chorro de agua buscando limpiar la huella del delito, tras unos instantes comprobó que eso no daría resultado y haciendo una simpática mueca se dio a la tarea de frotar ambas manos hasta dejarlas relucientes, sus movimientos, de tan delicados, resultaban cómicos causando por primera vez risas contagiosas en el resto de las mujeres, las carcajadas extrañamente distendidas ahogaron los gritos histéricos que procedían del exterior.

El grito ensordecedor las sacó de sus pensamientos obligándolas a girarse al unísono hacia la puerta del baño, se miraron entre intrigadas y sorprendidas, el alarido, había llegado hasta los oídos de Gustavo, el marido de Rosa, que preocupado por su mujer dejó rápidamente el lomo de cerdo que estaba cortando y se dirigió a la entrada del pequeño vestíbulo de donde procedían los gritos.

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Capítulo 1 – Parte 3 de 3.

Una chica joven tapaba su cara con ambas manos gritando histéricamente sin dejar de observar el inerte cuerpo con el que había tropezado. La pobre muchacha era una de las empleadas de mantenimiento y acababa de descubrir a Juanjo tumbado en el suelo en medio de un charco creado con su propia sangre. En unos instantes se formó un revuelo en torno a ella. La chica lloraba descompuesta ante la escena que tenía a sus pies. El tendero que se encontraba más cerca de la joven acudió a socorrerla y se tuvo que enfrentar a una escena dantesca. Gritos y pasos se entremezclaron en un concierto de sonidos desafinados, alguien pedía un médico, otro contradiciéndole pedía la presencia de la policía, el alboroto llenó de voces el atormentado cerebro de la pobre chica de mantenimiento, tanto que se desmayó quedando tendida justo al lado del muchacho. Un hombre más atrevido y osado buscó signos de esperanza en el cuerpo tendido y ensangrentado.

Juanjo apenas podía abrir los ojos, estaba perdiendo la poca energía que le quedaba, imágenes borrosas, sombras y ecos de voces atronaban su cerebro con demasiada información. En un alarde de fuerza movió su mano derecha y rozó la de la chica que permanecía inmóvil a su lado, de repente unas poderosas manos le obligaban a abrir la boca y sin darse cuenta de qué o del porqué, su cavidad era invadida por unos rudos labios que se empeñaban en llenarlo de aire contaminado de tabaco y alcohol. Juanjo quería toser y deshacerse de esa apestosa sensación que le invadía sus pulmones, cerraba los dedos de su mano entrelazándolos con los de la chica, esa suave sensación lo reconfortaba y ayudaba a soportar el agónico momento al que se sentía sometido. El tendero que intentaba recuperarlo, insuflándole aire, tenía su boca y sus manos manchadas de sangre, para Juanjo era una nueva tortura que deseaba que terminara de una vez.

Las cuatro mujeres llegaron hasta la muchedumbre. Alzaron sus cuellos como cisnes en el estanque y miraron su obra con ojos críticos, se estaban enfadando con su trabajo, no lo habían realizado bien, no había muerto, no se aseguraron que eso sucediera y ahora el infortunado muchacho podría delatarlas. Él, que afrontó su muerte sin un quejido, seguía ahí, vivo. Observaban sus raídos pantalones tejanos empapados de sangre, sus miradas recorrieron lentamente la escena, la multitud se cerraba a su alrededor, todos intentaban observar el macabro suceso, morbosamente los intrusos que llenaban el mercado cada sábado luchaban por ver lo que ocurría importándoles realmente muy poco si su curiosidad entorpecía la ayuda. “¿Seremos capaces de aguantar aquí estoicamente a que el muchacho nos acuse ante todos?” pensaron preocupadas “Quizás sí. Seguro que sí” y prueba de sus pensamientos era que seguían allí colocándose en primera fila.

Paula tamborileaba el suelo con la punta de sus zapatos mientras observaba la escena deseando con todas sus fuerzas que el joven terminara de morir. Con las manos en los bolsillos de su chaqueta, Ángela empuñaba fuertemente la navaja, la presionaba con fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos, observaba al chico con odio “¿Cómo se atreve a seguir vivo?” se preguntaba una y otra vez, apretando los dientes para no gritarlo. Las cuatro mujeres fueron separadas por unas robustas manos, con fuerza y sin miramiento, un hombre vestido de uniforme azul se coló entre Paula y Rosa. El guardia municipal se arrodilló ante el muchacho, habló con el hombre que seguía haciéndole el boca a boca. El tendero parecía un robot mecánico de tanto tomar aire y depositarlo penetrándole los pulmones con violencia.

Juanjo se sentía pulmonarmente violado, su vida se le escapaba por su horadado tórax, agradecía la inexperiencia de su salvador al no presionarle el pecho con un masaje cardiaco rítmico y devastador. La pobre víctima veía circular su sangre buscando las rendijas del suelo. En pleno delirio su mente se fundió con el rojo y viscoso líquido que recorría lentamente los canales que formaban las baldosas marrones. Se encontraba haciendo surf en la cresta de una ola formada por su propia sangre, engullendo cada milímetro del suelo, tragando con ello inmundicias allí depositadas, avanzando inexorablemente hacia el fin de su existencia.

Rosa observaba como el joven por fin cerraba los ojos y buscó con los suyos a las demás cómplices, parecían un pelotón de ejecución; las armas envainadas en sus bolsos, los pensamientos a buen recaudo y sus dedos, ladrones de una joven vida, vibraban nerviosamente. Seguían como autómatas cada gesto que se producía a su alrededor, el policía con el ceño fruncido que resaltaba sus descuidadas cejas recorrió con la mirada a los presentes, no sabía que buscaba pero su instinto policial y el que había cultivado viendo películas le recordaba que un asesino siempre vuelve a la escena del crimen o permanece en ella, la degusta como una cena llena de escabroso sabor. Escudriñó los rostros de la panadera, del pollero y de quien sabe cuántas caras más, pero fue llegar a las cuatro mujeres y pararse en seco, leyó algo que no entendía en sus miradas, no comprendía lo que ellas le contaban con sus silenciosas pupilas. Algo no encajaba en la escena, no sabía lo que era y observándolas se sintió avergonzado al descubrirse admirando unas largas piernas que acababan en lo alto de unos tacones de color rojo. Un repentino y accidental codazo en su mejilla lo devolvió a la realidad, los de la Cruz Roja llegaron con una camilla de ruedas a media altura. La depositaron al lado de la chica y la trataron de animar con un par de bofetadas que, irremisiblemente, ladearon su cabeza hacia ambos lados devolviéndola a la realidad.

Gustavo buscaba entre la multitud a Rosa, en cuanto la vio fue hacia ella, preocupado la besó más cariñosamente que nunca, rodeó a su mujer por la cintura a la vez que asomaba su cabeza por encima del hombro como si de un pelicano engullendo un pez se tratara; Rosa sin desearlo estaba retomando la excitación que había perdido durante el asesinato y sin ninguna premeditación, buscó disimuladamente con su mano los testículos de Gustavo, apretándolos con firmeza los colocó justo entre sus nalgas. Presa de una indescriptible sensación comenzó una tan sutil como débil danza doblando ligeramente las rodillas y alternándolas rítmicamente, sólo Ángela que la miraba curiosamente se había percatado de su acción. Gustavo escandalizado por la sorprendente actuación de su mujer, se encontraba con su pene creciendo al ritmo que le marcaba disimuladamente su esposa, quería moverse, quitar el cuerpo de Rosa y parar esa macabra danza, estaba horrorizado por la escena tan sangrienta que presenciaba y por como afectaba a su mujer, no la reconocía, hacía mucho tiempo que el sexo estaba desterrado de sus vidas. “¿Pero qué demonios está haciendo, se ha vuelto loca?” pensaba al mismo tiempo que se daba cuenta que su miembro crecía considerablemente y de forma tan rápida como inusual en él, se descubrió de pronto aferrado a las firmes caderas de su esposa y se disculpaba a si mismo, imaginando esas escenas de películas obscenas donde las orgías de sangre servían para satisfacerse sexualmente mientras se presenciaban.

Cuando las manos de los sanitarios comenzaron a romper su camisa tejana se acordó del dinero que le había costado. En esos momentos quiso quejarse pues la camisa le gustaba mucho, era su preferida, leves siseos salían de sus labios y sonaban atronadores en su mente, se esforzaba por mantener los ojos abiertos, los párpados le pesaban y no conseguía enfocar las imágenes, su cuerpo cuidado y atlético emergió entre sus ropas. En su mente sonrió pero sus labios no mostraron movimiento alguno, se sintió orgulloso que pudieran ver sus músculos, sus abdominales bien marcados; al tiempo que se lamentaba de que en esta ocasión no pudiera lucirlos como a él le hubiese gustado, imaginaba las dulces manos de la asesina del perfume recorriendo su cuerpo, cerró los ojos rindiéndose al cansancio, a cada momento se sentía más débil, más aturdido y sobretodo menos lúcido. Los ojos azules de la sanitaria lo embaucaron enamorándolo de por vida. Cuidadosamente lo colocaron en la camilla, ya no podían hacer nada más por él, solo un milagro podría salvarlo, para los sanitarios su último recurso era llegar con vida al Hospital.

Rosa estaba de nuevo en pleno éxtasis, sus movimientos aunque discretos, eran más acelerados y conseguía que su pequeño y nervioso baile aumentara la presión del pene de su marido entre sus nalgas, al mismo tiempo que sus contracciones vaginales aumentaban su placer como nunca antes había sentido. Juanjo abrió los ojos y vio de nuevo el mar azul de la enfermera. A la vez el policía buscó que la mirada de él delatase al autor o autora de la agresión. Parecía el juez de un partido de tenis subido en su taburete, su cuello era castigado en el devenir de las miradas, buscando un cambio de expresión, cada persona susceptible de ser observada por él le obligaba a buscar el destino de la mirada y si la conocía.

Juanjo intentó levantar la mano para acariciar a la propietaria de esos ojos azules que lo habían enamorado, el esfuerzo fue en vano, no llegó más que a dejarla caer por el borde de la camilla, sintió el tacto de una tela suave y el olor al perfume de su madre que desprendía le alertó que ella, una de ellas seguía allí. “¿Están aquí? ¿Estarán asegurándose de que muera? Seguramente estarían dispuestas a rematarme despiadadamente ante todos” Al cruzarse con la mirada perfumada de Paula una sonrisa salió de sus labios, pequeñas chispas alumbraron sus ojos de vida, el blanco de sus dientes manchados por su sangre se abrió paso entre sus labios agradecidos. “¿Agradecidos de qué? ¿De mi muerte? Muero por ellas, me han matado. Deben de ser expertas en las muertes dulces. No recuerdo que las contratase”. Los sanitarios empujaban la camilla, sin darse cuenta que la mano de Juanjo se encontraba estirada, sobresaliendo de la pequeña sábana que lo cubría, rozando a su paso los muslos de sus ejecutoras, una última caricia furtiva que se llevaría con él, como último recuerdo.

Al sentir los dedos aún ensangrentados del muchacho, Rosa se sumerge en un inesperado orgasmo que procura silenciar mordiéndose los labios para que nadie se percate de su inoportuna acción; esa palpitante explosión que tantos años había estado oculta, le recorre la espina dorsal dibujándole una gran sonrisa que pronto desaparece de su rostro para adaptarla a las circunstancias de tan trágica escena. La camilla se alejaba rápidamente de la vista abriéndose paso entre la muchedumbre que atestaba el camino. La sanitaria de los ojos azules se dio cuenta de que Juanjo estaba utilizando el último esfuerzo que le quedaba de vida sonriéndole a ella. Su juventud y vida se escapaba al tiempo que sonreía dejando resbalar un hilo de sangre por la comisura de sus labios. Las luces empezaron a desaparecer, los ruidos se silenciaban, un beso en su mejilla del hermoso mar azul fue lo último que sintió antes de morir.

Fin del Capítulo 1

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Participa en el sorteo de Silencios Asesinos

Con el fin de acercar a los lectores la obra de Ramón Robert y Nelly Cuevas, los autores aprovechan la publicación de la primera novela negra “Silencios Asesinos” para el sorteo de 3 ejemplares firmados por los autores.

Para participar solo tienes que entrar a la web oficial del libro Silencios Asesinos y dar click al ícono “Me Gusta” situado en la barra lateral derecha donde pone Silencios Asesinos en Facebook antes del 15 de abril del 2011, el sorteo se realizará entre todos los seguidores de la página.

Las Bases:

1.- Concurso válido para personas mayores de 18 años sin importar su lugar de residencia.

2.- El plazo de participación será del 07 de Abril al 15 de Abril del 2011.
3.- Los ganadores del sorteo serán anunciados el día Lunes 18 de Abril mediante la Web Oficial de Silencios Asesinos así como vía Twitter y en nuestro Facebook Oficial

4.- Los ganadores del concurso deberán facilitar sus datos: Nombre, Dirección postal, Correo electrónico y teléfono para poder contactar personalmente y hacer el envío del premio.

5.- No podrán participar personas allegadas a Circulo Rojo y a los autores de la obra.

6.- El premio se enviará por mensajería en un plazo de 7 días después de anunciado el ganador.

7.- El premio es personal e intransferible.

8.- En el caso de que los participantes posean más de una cuenta en Facebook y resultase ganador de dos ejemplares o más. Silencios Asesinos se reserva el derecho de anular los ejemplares duplicados y sortearlo entre los participantes restantes, asegurando así que cada participante cuente con una oportunidad de obtener un ejemplar.

9.- El premio no será en ningún caso canjeable por dinero en metálico u otro premio.

10.- La participación de este concurso supone la aceptación de las bases, y ante posibles dudas prevalecerá el criterio de la organización.

No te quedes sin tu ejemplar, estás a un Click de romper el Silencio y sumergirte en la lectura.

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Angela

Angela

Ángela con un oscuro pasado y una mente aparentemente frágil, es una joven de 24 años que se convertirá en la protagonista de Silencios Asesinos. Víctima de una violación, vive entre las sombras de sus confusos recuerdos y la severidad religiosa de su hogar. El odio y la venganza se instalan en su mente con tanta fuerza que es incapaz de asimilar sus conflictos emocionales, conduciendo al resto de las protagonistas a situaciones tan dañinas que solo una perturbada mente como la suya puede crear. El infierno se instala en su interior alimentándose de sus debilidades y devorando sus miedos hasta convertirla en una discípula del mal con aspecto de ángel.

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Rosa

A sus 42 años la vida de Rosa sufre una tremenda convulsión, todo comienza al salir del retrete del mercado municipal en el que posee una parada de carne, herencia de su familia, para enfrentarse por primera vez a unos instintos que nacen en su interior y le son totalmente desconocidos. Sin darse cuenta deberá luchar con los demonios que representan cada una de sus frustraciones, la hija que nunca tuvo, el hijo que no buscó, su inexistente sexualidad y su aburguesada vida. Todos estos factores la conducen al descubrimiento de una extraña y perversa atracción que la sangre ejerce en su libido. La presencia de Ángela en su vida condicionará cada uno de sus deseos envolviéndola en un frenético tobogán de pasión y deseo hasta caer en un abismo, en el que sus dedos aferrados al borde son el último suspiro para recuperar su vida.

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